De Compras

Quizá nunca hasta ese día me dí cuenta de cómo era, de cómo respondía ante una situación así. No esperaba que algo sí me sucediera, pero pensándolo con más detenimiento, creo que otras veces me han ocurrido situaciones parecidas a las que voy a contaros.

botas 01De siempre me han gustado las compras. Lo paso bien. Creo que hasta me evade y me relaja. Me encantan los escaparates, probarme ropa de diferentes tendencias, mirarme al espejo, comparar, y hacerme una idea de lo que mejor va conmigo. Creo que esa afición ha generado en mí cierto, cómo decir, "estilo" y "buen gusto". Un estilo y un gusto con los que me siento bien, un estilo propio, como digo yo: mi estilo.

Aquél día, después de probarme varios pares de zapatos en una nueva zapatería que se había instalado en la galería de un gran centro comercial, decidí, por fin, que uno de ellos, un par de zapatos, sería para mí.

Mi costumbre habitual al ir a una zapatería, es probarme un sólo zpato, generalmente el derecho. Mi madre fué de quien lo aprendí y supongo que las madres de otras personas a las que conozco tuvieron la misma costumbre, pues casi todas ellas tienen el mismo hábito; y todo eso al margen de que muchos dependientes te ofrecen sólo un zapato para probar.

Como digo, ese zapato era muy bonito y mi pié derecho se acomodaba a él como lo hace una llave a su cerradura, perfectamente, como si hubieran nacido el uno para el otro. Así que me acerqué al mostrador y le comenté al dependiente que me lo llevaba.

El dependiente amablemente cogió el zapato, lo metió en la caja, le puso una goma para que no se abriera la tapa, lo metió en una bolsa, y cuando le pagué, me la entregó. Con satisfacción me marché de la tienda, convencida de estrenar esos zapatos al día siguiente, junto con un vestido a juego, en un evento familiar.

El día siguiente llegó, y lleó también la hora de vestirse. Tenía ganas de comprobar, de boca de los demás, el modo en que vestido y zapatos mostraban su armonía.

Pero hay días en donde parece que las cosas no están de parte de una. Al ir a ponerme el zapato izquierdo, después de haberme puesto ya el otro, comprobé que en su interior algo no estaba bien. Mi pié quedaba excesivamente aprisionado en su interior.

No podía caminar más de diez o doce pasos con él, era doloroso, era imposible. ¿Sería un defecto de fábrica?. Lo miré, pero todo parecía correcto cuando, ¡eso era!, al mirar la suela ví que se trataba de un zapato más pequeño de talla.

Me lamenté de esa mala suerte y en ese instante tomé la determinación de que el lunes siguiente iría a descambiarlos. ¿Por qué no lo miré antes? ¿Por qué no me los probé?. Algunos lamentos desagradables ocuparon durante un tiempo mi pensamiento.

Igual que os digo que me gusta comprar, os tengo que decir que no me siento cómoda al descambiar algunas de las cosas que compro. Hasta ese día, sabía que era algo así como un "miedo irracional" latente, que no iba a mayores porque siempre me habían tratado bien, y me habían devuelto el dinero o repuesto la mercancía a mi gusto. No había hecho más que decirlo, y los dependientes, solícita y amablemente, habían gestionado la situación a mi gusto, sin tener que defender con fuerza mis deseos. ¿Quizá por eso iba a ese tipo de tiendas?. Reconozco que me gusta ese buen trato.

Pero aquella vez la cosa era diferente. Salí de trabajar y con prisa me dirigí al centro comercial. Tenía que llegar antes de la hora de cierre. Y acelerada y sudando un poco, llegué a la tienda.

¡Buenas noches!, dije.

Tardó quizá medio minuto en aparecer el dependiente, pero a mí ese tiempo se me hizo eterno y agudizó mi impaciencia. Estaba inquieta.

botas 02¡Hola, qué desea!, saludó el dependiente.

¡Verá!, dije. El pasado viernes compré aquí unos zapatos. Me parecían preciosos, pero al llegar a casa me llevé una gran desilusión, porque su compañero me puso un zapato de distinto número al mío.

¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? ¿Ha visto aquél cartel?, dijo él, señalando un cartel que ponía "No se admiten devoluciones".

La lectura del cartel me desconcertó aún más. Un escalofrío de vergüenza me recorrió de arriba a abajo.

Disculpe, no lo había leido, comenté.

Cogí la caja de zapatos y cabizbaja, salí de aquella tienda.

Me sentía mal conmigo misma, me sentía culpable, pero de un modo difuso también sentía un punto de injusticia en el trato que me había ofrecido el dependiente de la zapatería.

Ahora no sé qué hacer, no sé si se podía haber actuado de otra forma, ni si todo esto tiene que ver con mi forma de actuar o de ser.

Lo único que tengo claro es que no volveré más a aquél sitio, y quizá me piense si voy a alguna zapatería más a comprar.

¿Me podéis ayudar? ¿Podéis darme algún consejo?

Mi Guerra
Autoestima al Arroz
 

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Sábado, 20 Octubre 2018

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